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Ex Recovecos.

domingo, 7 de julio de 2013

Tomás Barceló Cuesta. (X)

El hombre ilustrado

El escritor norteamericano Ray Bradbury debió inspirarse en un hombre como Chacón para escribir su relato fantástico.

Por Tomás Barceló Cuesta. 

Llegué al hombre impulsado por un viejo recuerdo infantil. Mi padre y yo descendimos del tren en la estación de Casa Blanca. Debíamos abordar la lancha que nos depositara al otro lado de la bahía de la Habana, en plena ciudad. Pero antes decidimos entrar en un bar y calmar nuestra sed con algún refresco. Allí estaba él, sentado al mostrador. Sostenía un vaso de ron que de vez en cuando llevaba a los labios para tomar grandes sorbos. Sus pupilas estaban ancladas en quién sabe qué remotas distancias de sus recuerdos. Su rostro, su cabeza rapada, y el torso desnudo, me  mostraron por primera vez lo que era un tatuaje. Tuve miedo, era un ser extraño. Esa noche, cuando me acosté, lo hice ingenuamente pensando que había hecho el insólito descubrimiento de que algunos hombres nacían con la piel dibujada. Yo era un niño. Corría el año 1962. 
Fue la primera imagen que tuve de Marcelo Ricardo Chacón.    
Pasaron los años. Ahora, desde la atalaya de su humilde hogar en Casa Blanca, diviso la bahía, el puerto con sus escasos buques anclados y, más allá, los edificios de la ciudad difuminados en la ceniza azulosa del mediodía. En este lugar todo es posible, desde sentar la muerte a tu lado y brindarle un trago de ron crudo junto a otra compañera no menos sutil y temible, la soledad. 
Miro los tatuajes, los toco, los leo, trato de hilvanar una historia a través de ellos, un relato que sea lo más coherente posible. Apenas quedan espacios de esa piel que no hayan sido cortados por la aguja y penetrados de tinta. Hay buenos dibujos. Otros, en cambio, son muy malos. Y muchas frases escritas. 
El hombre me brinda un vaso de ron. "Dentro de un rato podremos comer arroz y algo de cerdo frito", me dice. Sonríe. La mayoría de sus dientes están enchapados con oro o platino. De modo que su sonrisa es fulgente, con destellos agresivos. Es un hombre viejo ya, muy viejo, cuenta con más de setenta años. Pero nada en él parece haber cambiado. Ante mí sigue siendo un misterio. Morirá a la vuelta de tres o cuatro años. Encontrarán  su cuerpo sin vida en el miserable camastro. Debajo del colchón unos cuantos dólares, acompañados de una nota en la que dona ese dinero para los niños de una escuela del barrio. 
"No bebo salvo los fines de semana, esto lo hago ahora por usted". Alza el vaso de ron a la altura del rostro y vuelve a sonreír. Le agradezco el gesto. 
Entonces comienza a contar su vida. 
No tuve ni juguetes, ni quinces, ni diecinueves nunca. Vine solo para la Habana. Nada de compañías. El que solo la hace, solo la paga. Nada de mujeres, ni casamientos, ni hijos. He sido un bohemio toda mi vida. El asunto es no morirse ¿no?. Y aquí estoy, con setenta y cuatro años . Solo todo el tiempo. Limpiando zapatos, de cocinero en la marina de guerra durante diez años. De ahí me expulsaron. Seguí batallando, he dormido un día aquí y otro allá. He sido pescador, músico, jardinero, toqué la tumbadora en una orquesta famosa. Quise llegar al fondo de las cosas, conocer todas las trampas de la vida. Es dura la vida, mi broder, muy dura. 
¿Cómo comenzó todo?
¿Qué cosa?
El asunto de los tatuajes, cuál fue el primero.  
Ah, eso fue en Santiago de Cuba, cuando era marinero por los años cincuenta. Le dije al cabo Ortega que me hiciera una cruz. Me hizo la herida aquí en la mano izquierda ¿ve? Después de cortar echó tinta y ahí lo ve, ese es el primero. 
¿Dolió?
Bueno, no hay triunfo sin sufrimientos. Empecé a tatuarme porque quise ser diferente a los demás. Yo soy un ser humano, pero reconozco que soy un excéntrico. Por el cincuenta y pico empecé a tatuarme con Salaíto, difunto ya. Era el mejor tatuador de Cuba. No necesitaba marcar. Dibujaba al tiempo que iba cortando, entonces salían  esos tatuajes que usted ve, casi perfectos. Era muy conocido dentro del ambiente. 
¿Es cierto lo del ratón en una nalga y el cazador en la otra?
No, eso es mentira, habladuría de la gente. Ninguna de mis partes está tatuada. Ahí nadie llega. Ahora muchos se dejan hasta tatuar las nalgas, pero yo no. El ratón mírelo aquí, en el muslo, y el cazador acá ¿lo ve? El ratón dice, voy a entrar.  Y el cazador le responde: Si entras te  mato. ¿Ve cómo le apunta con el fusil?
Hay tantos dibujos que a veces se superponen unos con otros. En las falanges de los dedos están escritos los nombres de José Martí y Antonio Maceo, próceres de la independencia de Cuba. En cada palma de las manos un juego de dominó. En ambos pies unas sandalias de tamaño natural. A todo lo largo del cuerpo el panteón yoruba con todas sus deidades. Un enorme pulpo sobre la cabeza trata de atrapar con sus tentáculos a un hipocampo, a un caimán y a un pez aguja a la vez. En algún lugar está impreso el grito de guerra Viva Cuba Libre. Un tigre asoma sus fauces de detrás de una palma. Una pantera camina sigilosa por el plexo solar, mientras, a distancia, desde hombro izquierdo, un ciervo la mira con recelo. 
Un puñal atraviesa un corazón. Una serpiente se desenrosca en su pereza de ofidio. En el entrecejo del hombre una estrella. Un águila trata de volar en el reducido espacio que le han dejado. Un león ruge eternamente. Hay una mariposa en el cuello. Un cristo crucificado. Un viejo personaje popular de los comics yanquis, Pedro Harapos, acompañado de una frase que dice: La voluntad es tesoro. Hay estrellas, soles, una  moneda con alas, perros, felinos, caballos, praderas, gavilanes, un niño naciendo del útero de una flor. Todos conviviendo juntos en una misma piel mientras una rosa náutica en medio de tanto fárrago universal, de tanto desorden enciclopédico, apunta hacia todos los horizontes del cuerpo. Hay dibujados varios ojos. En el antebrazo derecho, están las banderas de Cuba y México. Un párpado con una frase que reza: Honor a quien honor merece. En el otro párpado: Ya te vi, hipócrita. Dentro del labio inferior los nombres de Olofi y Oyá, dos deidades afrocubanas. Hay también un cementerio con sus cruces y sus panteones. Un muerto que es conducido en bicicleta. Y tantas frases como sean posibles: Ya no bebo, colgué los guantes. El buen gavilán no chilla. Critícame pero no me toques. La risa es el triunfo de la batalla. No se vende la fortaleza. El dinero no es la vida. Debajo de un ojo inquisidor se puede leer: Precaución, mírate en ese espejo. 
De haber nacido en estos tiempos, Chacón, ¿se hubiera tatuado?
No, que va, hubiera sido otra vida, mi broder. 
Antes se creía que era asunto de presidio, de gente del ambiente ¿no? 
Cierto. Pero lo mío fue por lo que le expliqué. Yo no tengo ningún tatuaje feo en el cuerpo. Hay quien se tatúa cosas como Si quieres gozar sube. O mujeres con todas sus partes afuera. Esas groserías yo las rechazo.
¿Habrá alguien que tenga tantos tatuajes como usted?
Lo dudo. 
¿Ni en el mundo?
Bueno, eso está de moda ahora. Como yo, creo que hay tres o cuatro en el mundo.  
¿No ha sentido alguna vez añoranza por el matrimonio, tener hijos?
Nada de eso. Enrumbé  solo, y solo sigo. 
¿Por qué tantos tatuajes?
En ellos está mi vida. O la filosofía de mi vida, algo parecido pero que no es lo mismo. Mi piel es como un libro abierto donde quien quiera puede asomarse y ver. 
No recuerdo si Chacón me lo dijo o lo leí entre tantos tatuajes: La vida es como las mareas, unas veces altas y otras bajas. Algo cierto. Como la vida de cualquier hombre o mujer sobre la tierra.       














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