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Ex Recovecos.

domingo, 7 de julio de 2013

Mariano Saravia. (X)

Los traidores de siempre

Por Mariano Saravia

William Howard Taft, 27° presidente de los Estados Unidos, dijo en 1912: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”.
Como un verdadero visionario, Taft preanunció el ascenso de su país como principal potencia mundial, desplazando de ese lugar a sus maestros ingleses. Y en ese sentido, también reemplazaron a Inglaterra como poder colonial en Sudamérica. De hecho, la metrópolis fue Madrid entre 1492 y 1810; luego fue Londres hasta el período de entreguerra, y desde entonces lo es Washington. Hasta la Enciclopedia histórica de Oxford pone como ejemplo de la categoría política de “semicolonia” a la Argentina de la primera mitad del siglo XX en relación con el Reino Unido.
Ahora bien, ese estatus de semicolonia de Inglaterra durante la primera parte del siglo pasado, en los años ‘70 pasó a ser de colonia de Estados Unidos con todas las letras, ya que a la dominación económica se le sumó la dominación brutal por la fuerza, en general utilizando a los militares de cada país adiestrados en Panamá. Hoy, esa amenaza permanece latente, como con el Plan Colombia, los amagues de intervencionismo en Bolivia y Venezuela, o la presencia de tropas norteamericanas en Paraguay.
Cuando dejamos de depender de España cambiamos la bandera punzó y gualda (roja y amarilla) por otras que nos empezaron a identificar en la escena mundial. Pero hasta esas banderas nos robaron los traidores que se atribuyeron la representación de la nación y en nombre de ella implementaron el terror de Estado y la expoliación económica del pueblo. Hoy esas banderas están maltrechas, pero las estamos recuperando.
Están sucias y rotas de tanto ser pisoteadas por los poderes extranjeros y sus cipayos, pero están ahí, a nuestro alcance. Podemos embanderarnos con nuestros colores, podemos reconocernos en ellos y ponernos la camiseta de nuestro equipo.
El liberalismo conservador (en economía no es una contradicción) usó históricamente un falso y fatuo nacionalismo para sus propósitos, y también para dividirnos y licuar las ideas de Bolívar y San Martín.
Es una paradoja que hoy, ese mismo liberalismo conservador, ante proyectos nacionales y populares como los de Venezuela o Bolivia, agiten “el peligro del nacionalismo”. Pero la verdad es que estos nacionalismos están volviendo la mirada hacia sus propios pueblos, y abriendo el espectro hacia los costados, redescubriendo el sentido de ser sudamericanos, desempolvando las ideas bolivarianas y sanmartinianas, y predicando en definitiva un nacionalismo internacionalista (que tampoco es una contradicción). O más bien, recuperando la noción de gran Nación en torno a la solidaridad entre los pueblos.
Después de la “Década Infame” de los años ‘90, en la que nos quisieron hacer creer aquello que decía Francis Yukuyama acerca del fin de la historia y el sepelio de las ideologías, algo está sucediendo en Sudamérica.
Mientras el resto del mundo parece todavía empantanado en la década pasada y en guerras santas, Sudamérica es la única región del globo que está redescubriendo el sentido de la lucha de liberación social. Con mayor o menor éxito, con mayor o menor coherencia, con mayor o menor decisión, Sudamérica es el único lugar de la Tierra donde se escuchan palabras como justicia social, redistribución del ingreso, educación popular, salud pública, derechos humanos, y, sobre todo, integración regional. Hoy hemos redescubierto o estamos en vías de redescubrir que somos sudamericanos. Con el Área de Libre Comercio para las Américas (Alca), los Estados Unidos esperaban cristalizar el sueño de William Taft, pero lamentablemente para ellos, ese proyecto murió con la Cumbre de las Américas realizada en octubre de 2005 en Mar del Plata.
Hoy, poco a poco, las sociedades sudamericanas van recuperando sus colores, ya no están tan pálidas. Van recuperando todos sus colores, su multiplicidad de colores. Ya no hay un gran hermano que marca un modo monocromo de actuar. Hasta las palabras Patria y patriota se están recuperando. Ojala se puedan empezar a recuperar conceptos como militar y Ejército nacional, a pesar de que hayan sido muchos los traidores y la imagen de las instituciones se haya manchado. Víctor Heredia, en su canción “Aquellos soldaditos de plomo”, dice: “Yo quiero una fila entera, de soldados desfilando, y todo un pueblo cantando, con renovada pasión, quiero de nuevo el honor,
aunque no existan victorias, quiero llorar con la gloria, de una marcha militar, y un banderín agitar, frente a un ejército popular”.
Pero para recuperar todo lo nuestro es importante volver la mirada atrás, repasar las campañas, el valor y el pensamiento nuestros grandes militares como Miranda, Bolívar, San Martín, O’Higgins y Artigas. Habrá que aprender de los pueblos originarios aquello de que el pasado siempre está adelante, y que para avanzar hay que mirar a nuestros padres y abuelos. Como pueblos y como sociedades, también deberemos poner a la historia en el lugar central que debe estar, entenderla no como un compendio enciclopedista de fechas y de batallas sino como una verdadera lección de vida, y emparentarla definitivamente con el presente.
(Del libro Embanderados, Editorial Abrazos, 2006)

En marcha la revolución pendiente

En cualquier proceso de liberación colonial tiene que haber dos revoluciones paralelas: una de liberación nacional y otra de liberación social. Cualquiera de las dos que se haga sin la otra, quedará renga.
En América del Sur, los primeros intentos revolucionarios fueron los de revoluciones indias y negras, como la de José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru II) en 1780 en el Alto Perú o la Conjura de Alfaiates de tinte antiesclavista en Bahía en 1798. Pero las dos quedaron truncas.
Luego, durante las guerras de independencia, los que entendieron la necesidad de acompañar la liberación nacional con un proceso de emancipación social, económico y de soberanía total y unión continental fueron Simón Bolívar, José de San Martín, José Gervasio de Artigas y Manuel Rodríguez (el guerrillero de la libertad), entre otros. Pero lamentablemente los que se impusieron fueron los traidores que se impusieron en la política interna de cada país, los mantuvieron separados y cada uno por su lado, y sobre todo, lograron que el poder económico no cambiara de manos.
En realidad, las clases dominantes siguieron manteniendo sus prerrogativas y, como buenos traidores y lacayos, se subordinaron automática e inmediatamente al nuevo poder imperial. Es que pasamos de depender políticamente de un imperio, el español, a depender económica y financieramente de otro imperio, el inglés. Eso volvió a cambiar en el siglo XX a favor del imperio estadounidense.
Por eso, lo que ha comenzado a partir de Venezuela, y luego se ha extendido a Bolivia y Ecuador, y en menor medida a otros países de América del Sur, es la lucha por la liberación social, económica y financiera. La revolución que completará de nuestros héroes, justo 200 años después.
Pero la reacción es directamente proporcional a la profundidad del proceso político emancipatorio en marcha: los mismos traidores de siempre al servicio del imperio de turno. Son las clases privilegiadas, las clases dominantes, los empresarios en Venezuela, los banqueros en Ecuador, los cívicos de la Media Luna en Bolivia, los terratenientes sojeros en Argentina.
Y hay un nuevo actor que es común en todos los países: los grandes grupos mediáticos, que ya no están más al servicio del poder, hoy son el poder.

Con el advenimiento de la sociedad de la información, las nuevas tecnologías y la globalización, los medios de comunicación masivos han quedado en manos del poder financiero, con lo cual el periodismo ha pasado de ser “el cuarto poder” a ser el primer poder. De hecho, este matrimonio entre el poder mediático y el poder financiero es mucho más fuerte que el poder político, en muchos casos. Menos donde las grandes mayorías son las protagonistas de los procesos políticos, como en los casos revolucionarios ya mencionados. Allí, las campañas de mentiras de los traidores (ahora disfrazados de periodistas) no han dado resultado. Esta es la madre de todas las batallas que se nos presenta en el presente y en el futuro inmediato en nuestro continente, el único del mundo que está inmerso en una revolución de liberación. 

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